Melancolía Bogotana

 Melancolía Bogotana

¿Será suerte o simplemente una desgracia más de la vida, vivir en una ciudad invadida de un profundo y frío sentimiento de melancolía?

Pasar por cada una de sus calles es encontrarse con un mar de rostros entristecidos e impertérritos con sus miradas perdidas en un futuro que es difuso.

Amo cada calle de esta gran y caótica ciudad, que permea sobre nuestros hombros una inconmensurable bruma de tristeza y desesperación; especialmente en las madrugadas, cuándo el frío logra calarse entre mi ropa y se me engarrotan las piernas.

Es como estar en medio de ningún lugar. Recostarse sobre el césped que rodea el planetario y agudizar el oído para dejarte apabullar con el estridente ruido que a la mente transporta, justo a la imagen de un gran monstruo que te espera agazapado en las sombras; a la espera de que caigas en el trance  del automata que transita por estas calles.

Ciudad propicia para los bohemios y solitarios. La tarde cae sobre la ciudad y los recuerdos nos vuelven a visitar. El viento ponzoñoso, haciendo pequeñas rasgaduras sobre nuestros pálidos rostros, no dejamos de temblar, el sueño no llega y la pena nos abruma.

Somos invisibles, parecemos entes intransigentes entre tanta gente. Nos perdemos entre miradas fugaces; algunas nos marcan para toda la vida, otras simplemente nos dicen más que mil palabras. 

El amanecer se precipita en un violáceo tono que hace más tenue y llamativo el naranja de un cigarro amargo y barato, que crepita a la lumbre de un pequeño encendedor oxidado. 

Como un foráneo, lánguido y taciturno: camino en la misma dirección. Con la mirada hosca y los ojos vacíos. Un bebedor empedernido. 

Pequeñas dosis de cafeína nos salvan de morir a causa de la penuria de los abrazos. ¿Quién puede vivir en una metrópolis que carece totalmente del abrazo, que permanece ebria y sedienta de más salidas en la madrugada? En silencio la realidad pesa menos. 

Mientras todos se encuentran idos bajo el efecto del sosiego nocturno yo me encuentro aquí, a punto de sucumbir en medio de una melancolía que no se cansa,  que noche a noche amenaza con destruirnos a todos los que vivimos imperturbables a la luz de una lámpara, algunas hojas y la espesa saliva con sabor a nicotina y licor barato.

BOGOTÁ, LA CIUDAD DE LA MELANCOLÍA Y LOS SOLITARIOS.
















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